PREFACIO

«Si pudieras ser cualquier otra persona, ¿quién serías?». Yo solía pasar una extraordinaria cantidad de tiempo haciéndome esa pregunta. Estaba obsesionado con la idea de cambiar mi identidad, porque deseaba ser cualquiera menos yo. Había tenido bastante éxito como biólogo celular y como profesor en la facultad de medicina, pero eso no compensaba el hecho de que mi vida personal podía calificarse, en el mejor de los casos, como desastrosa. Cuanto más intentaba encontrar la felicidad y la satisfacción, más insatisfactoria e infeliz era mi vida. En mis momentos más introspectivos, me daban ganas de rendirme a esa vida de infelicidad. Llegué a la conclusión de que el destino me había dado malas cartas y que lo único que podía hacer era jugadas lo mejor posible. Una víctima de la vida. «Qué será, será … ».

Mi postura deprimida y fatalista cambió en un instante en el otoño de 1985. Había renunciado al puesto fijo que tenía en la Facultad de Medicina de la Universidad de Wisconsin y trabajaba de profesor en una facultad de medicina del Caribe. Puesto que dicha facultad estaba muy lejos de la corriente académica principal, mis ideas comenzaron a liberarse de los rígidos límites de las creencias vigentes en las instituciones convencionales. Lejos de esas torres de marfil, aislado en una isla esmeralda situada en mitad del mar celeste del Caribe experimenté una epifanía científica que hizo añicos mis creen cias acerca de la naturaleza de la vida.

Ese momento crucial de cambio tuvo lugar mientras revisaba la investigación sobre los mecanismos que controlan la fisiología y el comportamiento celular. De pronto me di cuenta de que la vida de una célula está regida por el entorno físico y energético, y no por sus genes. Los genes no son más que «planos) molecu1ares utilizados para la construcción de células, tejidos) órganos. Es el entorno el que actúa como el «contratista» que lee e interpreta esos planos genéticos y, a fin de cuentas, como el responsable último del carácter de la vida de una célula. E: la «percepción» del entorno de la célula individual, y no sus genes, lo que pone en marcha el mecanismo de la vida.

Como biólogo celular, sabía que esa idea tendría importantes repercusiones en mi vida y en la vida de todos los seres humanos. Era muy consciente de que cada ser humano esté compuesto por unos cincuenta billones de células. Había consagrado mi vida profesional a estudiar seriamente las célula: individuales, porque, al igual que ahora, entonces también sabía que cuanto mejor comprendamos una célula, mejor lograremos a entender la comunidad celular que conforma el cuerpo humano. Sabía que si las células individuales se regulan en función de su percepción del entorno, lo mismo ocurriría con los seres humanos, formados asimismo por billones d. células. Al igual que en las células aisladas, el carácter de nuestra existencia se ve determinado no por nuestros genes, sino por nuestra respuesta a las señales ambientales que impulsa! la vida.

Por un lado, esa nueva visión de la naturaleza de la vida fue toda una conmoción, ya que durante aproximadamente dos décadas había estado inculcando el dogma central de la biología -la creencia de que la vida está controlada por los genes- en las mentes de mis alumnos de medicina. Por otro lado, me daba la sensación de que ese nuevo concepto no me resultaba del todo 9 nuevo. Siempre había albergado molestas dudas sobre el determinismo genético. Algunas de esas dudas provenían de los dieciocho años que había trabajado en una investigación subvencionada por el gobierno sobre la clonación de células madre.

Aunque fue preciso pasar una temporada lejos del entorno académico tradicional para que me diera plena cuenta de ello, mi investigación ofrece una prueba irrefutable de que los preciados dogmas de la biología con respecto al determinismo genético albergan importantes fallos.

Mi nueva visión de la naturaleza de la vida no sólo corroboraba el resultado de la investigación, sino que también, como comprendí muy pronto, refutaba otra de las creencias de la ciencia tradicional que les había estado enseñando a mis alumnos: la creencia de que la medicina alopática es la única clase de medicina que merece consideración en una facultad de medicina. El hecho de reconocer por fin la importancia del entorno energético me proporcionó una base para la ciencia y la filosofía de las medicinas alternativas, para la sabiduría espiritual de las creencias (tanto modernas como antiguas) y para la medicina alopática.

A título personal, supe que aquel instante de inspiración me había dejado pasmado porque, hasta ese momento, había creído erróneamente que estaba destinado a llevar una vida de espectaculares fracasos personales. Es obvio que los seres humanos poseen una gran capacidad para aferrarse a las falsas creencias con fanatismo y tenacidad, y los científicos racionalistas no son ninguna excepción. El hecho de que nuestro avanzado sistema nervioso esté comandado por un cerebro enorme significa que nuestra conciencia es más complicada que la de una célula individual. Las extraordinarias mentes humanas pueden elegir distintas formas de percibir el entorno, a diferencia de las células individuales, cuya percepción es más refleja.

Me sentí rebosante de alegría al darme cuenta de que podía cambiar el curso de mi vida mediante el simple hecho de cambiar mis creencias. Me sentí revigorizado de inmediato, ya que comprendí que allí había un sendero científico que podría alejarme de mi eterna posición de «víctima» para darme un puesto como «cocreador» de mi destino.

Han pasado veinte años desde aquella mágica noche caribeña en la que mi vida sufrió un cambio crucial. Durante esos años, las investigaciones biológicas han corroborado una y otra vez lo que yo comprendí aquella madrugada en el Caribe. Estamos viviendo una época apasionante, ya que la ciencia está a punto de desintegrar los viejos mitos y de reescribir una creencia básica de la civilización humana. La creencia de que no somos más que frágiles máquinas bioquímicas controladas por genes está dando paso a la comprensión de que somos los poderosos artífices de nuestras propias vidas y del mundo en el que vivimos.

Me he pasado dos décadas transmitiendo esta revolucionaria información científica a los millares de personas que han asistido a mis conferencias por todo Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. La respuesta de la gente que, como yo, ha utilizado este conocimiento para reescribir el guión de su vida, me ha brindado muchas alegrías y satisfacciones. Como todos sabemos, el conocimiento es poder y, en consecuencia, el conocimiento de uno mismo supone una mayor capacidad de actuación.

Ahora te ofrezco esta importante información en La biología de la creencia. 10 Espero de todo corazón que seas capaz de comprender cuántas de las creencias que impulsan tu vida son falsas y autolimitadas, y que te sientas motivado a cambiar dichas creencias. Puedes recuperar el control de tu vida y encaminarte hacia una existencia sana y feliz.

Esta información es poderosa.

Sé que lo es. La vida que me he forjado utilizándola es mucho más plena y satisfactoria, y ya no me pregunto a mí mismo: «Si pudieras ser cualquier otra persona, ¿quién serías?». Porque ahora la respuesta es obvia, ¡quiero ser yo!

INTRODUCCIÓN

La magia de las células

Tenía siete años cuando me subí en una cajita en la clase de segundo de la señora Novak, una cajita lo bastante alta como para permitirme colocar el ojo derecho sobre la lente de un microscopio. Para mi desgracia, estaba demasiado cerca y no pude ver más que un círculo de luz borrosa. Al final me calmé lo suficiente como para escuchar que la profesora nos ordenaba que nos alejáramos del ocular. Y fue entonces cuando ocurrió, ese hecho tan importante cambiaría el curso de mi vida. Un paramecio apareció nadando en el campo de visión. Me quedé fascinado. Las estrepitosas voces de los demás niños quedaron amortiguadas, al igual que los característicos olores escolares: el de los lápices recién afilados, el de las ceras nuevas y los estuches de plástico de Roy Rogers. Permanecí inmóvil, hechizado por el extraño mundo de esa célula que, para mí, resultaba más excitante que los efectos especiales realizados por ordenador de las películas de hoy en día.

En la ingenuidad de mi mente infantil, no consideré a ese organismo como una célula, sino como una persona microscópica, un ser capaz de pensar y sentir. Más que moverse sin rumbo, ese organismo microscópico unicelular parecía tener una misión, aunque no llegaba a comprender qué clase de misión era la suya. En silencio, contemplé «por encima del hombro» al paramecio y observé cómo se desplazaba afanosamente por el fluido de algas. Mientras estaba concentrado en el paramecio, el largo seudópodo de una ameba larguirucha comenzó a entrar en el campo de visión.

Mi visita al mundo liliputiense llegó a su fin justo en ese instante, cuando Glenn, el abusón de la clase, me empujó para bajarme de la caja, reclamando su turno al microscopio. Traté de llamar la atención de la señora Novak con la esperanza de que el mal comportamiento de Glenn me diera un minuto más para disfrutar con el microscopio y con lo que en él podía observar. Pero no faltaban más que unos minutos para el almuerzo y los demás niños de la fila exigían a gritos su turno. Justo después de la escuela, corrí a casa y, emocionado, le conté a mi madre mi aventura microscópica. Utilizando mis mejores dotes de persuasión de alumno de segundo, pedí, supliqué y después 11 engatusé a mi madre para que me comprara un microscopio, donde pasaría horas entretenido con ese mundo extraño al que podía acceder gracias a los milagros de la óptica.

Más tarde, durante el posgraduado, progresé hasta un microscopio electrónico. La ventaja que tiene un microscopio electrónico sobre el óptico convencional es que es mil veces más potente. La diferencia entre ambos microscopios podría compararse con la que hay entre los telescopios de veinticinco aumentos utilizados por los turistas para observar el paisaje y el telescopio orbital Hubble, que transmite imágenes del espacio exterior. Entrar en la sala del microscopio electrónico de un laboratorio es un ritual obligado para cualquier aspirante a biólogo. Se entra a través de una puerta giratoria negra, parecida a la que separa una cámara oscura fotográfica de las áreas de trabajo iluminadas.

Recuerdo la primera vez que entré en la puerta giratoria y comencé a rotarla. Me encontraba en la oscuridad entre dos mundos, entre mi vida de estudiante y mi vida como investigador científico.

Cuando la puerta completó el giro, me adentré en una enorme y oscura estancia, iluminada apenas por unas cuantas bombillas fotográficas rojas. Cuando mis ojos se adaptaron a la oscuridad reinante, me quedé sobrecogido por lo que vi ante mí. Las luces rojas arrancaban reflejos espectrales a la superficie reflectante de la gigantesca columna de acero de treinta centímetros de grosor que contenía las lentes electromagnéticas y que se alzaba hasta el techo en mitad de la habitación. Extendido alrededor de la base de la columna, había un enorme panel de control. La consola parecía el panel de instrumentos de un Boeing 747, llena de interruptores, escalas luminosas e indicadores multicolores. Había un descomunal despliegue de gruesos cables, tubos de agua y líneas de vacío que irradiaban a modo de tentáculos desde la base del microscopio. El chasquido metálico de las bombas de vacío y el zumbido de los circuitos de refrigeración del agua llenaban el aire. Me dio la impresión de que acababa de entrar en la sala de mandos del USS Enterprise. Al parecer, era el día libre del capitán Kirk, ya que el asiento que había frente a la consola estaba ocupado por uno de mis profesores que se hallaba inmerso en el complicado proceso de introducir una muestra de tejido en la cámara de vacío situada en el centro de la columna de acero.

Con el paso de los minutos, comencé a experimentar una sensación que me recordó a la de aquel día en la clase de la señora Novak, cuando vi una célula por primera vez. A la postre, una imagen verde fluorescente apareció en la pantalla de fósforo. La presencia de las oscuras manchas celulares apenas se distinguía en las secciones de plástico, cuyo tamaño se veía aumentado alrededor de treinta veces. Después se incrementó el aumento, una muesca cada vez. Primero lOOx, después lOOOx y por último lOOOOx. Cuando por fin alcanzamos la velocidad estelar, se había aumentado unas cien mil veces el tamaño original de las células. Estábamos de verdad en Star Trek, pero en lugar de haber entrado en el espacio exterior, nos dirigíamos al espacio interior, un lugar en el que «ningún hombre había estado antes». En un momento dado estaba observando una célula en miniatura y segundos 12 después estaba adentrándome en su arquitectura molecular.

El asombro que me causaba estar al borde de esa frontera científica resultaba evidente. Y lo mismo podía decirse de mi entusiasmo cuando me nombraron copiloto honorario. Coloqué las manos en los controles para poder «sobrevolar» ese paisaje celular alienígena. El profesor era mi guía turístico y me señalaba los paisajes más importantes: «Ahí tienes una mitocondria; aquello es el aparato de Golgi y más allá se encuentra un poro de la membrana nuclear; esto es una molécula de colágeno y eso un ribosoma».

La mayor parte de la excitación que sentía se debía a que me veía como un pionero atravesando un territorio nunca visto por ojos humanos. Aunque el microscopio óptico me hizo considerar las células como criaturas conscientes, fue el microscopio electrónico el que me situó cara a cara con las moléculas que constituyen la base de la propia vida. Sabía que enterradas en la arquitectura celular había pistas que podrían proporcionarme una nueva visión de los misterios de la vida.

Durante un breve instante, los binoculares del microscopio se convirtieron en una bola de cristal y vi mi futuro en el siniestro resplandor verde de la pantalla fluorescente. Sabía que iba a ser un biólogo cuyas investigaciones se centrarían en escudriñar cada matiz, más allá de la estructura celular, para llegar. a comprender los secretos de la vida de una célula. Tal y como ya había descubierto durante el pos graduado, la estructura y la función de los organismos biológicos están íntimamente relacionadas.

Al correlacionar la anatomía microscópica de la célula con su comportamiento, llegué a la firme conclusión de que había conseguido descubrir la naturaleza de la Naturaleza. A lo largo del pos graduado, de las investigaciones del doctorado y de mi carrera como profesor en la facultad de medicina, utilicé todas las horas que pasaba despierto para explorar la anatomía molecular de las células. Porque el secreto de sus funciones se hallaba enterrado en el interior de la estructura celular.

Mi búsqueda de los «secretos de la vida» me condujo hasta una investigación profesional que· estudiaba el comportamiento de las células humanas donadas que se desarrollan en medios de cultivo. Diez años después de mi primer encuentro con un microscopio electrónico, tenía un puesto fijo como profesor académico en la prestigiosa Facultad de Medicina de la Universidad de Wisconsin, era mundialmente conocido por mi investigación sobre la donación de células madre y había sido galardonado por mis dotes como educador. Utilicé microscopios electrónicos cada vez más potentes que me permitieron realizar viajes tridimensionales parecidos a los del TAC (Tomograffa Axial Computerizada) a través de distintos organismos, llegué a ver las moléculas que conforman la base de la vida. Aunque mis herramientas eran más sofisticadas, mi visión no había cambiado. Siempre he mantenido la misma convicción que tenía a los siete años de que la vida de las células que estudiaba tenía un propósito.

Por desgracia, no creía que mi vida tuviera propósito alguno. No creía en Dios, aunque debo confesar que en ciertas ocasiones consideraba la posibilidad de que existiera un Dios con un afilado y perverso sentido del humor. Después de todo, yo era un biólogo a la antigua usanza, para quien la 13 existencia de Dios es una interrogante innecesaria: la vida es la consecuencia de la casualidad, de dar la vuelta a una carta favorable o, para ser más preciso, del lanzamiento azaroso de los dados genéticos. Desde los tiempos de Charles Darwin, el lema de nuestra profesión ha sido: «¿Dios? ¡No necesitamos a ningún Dios apestoso!» ..

No es que Darwin negara la existencia de Dios. Sencillamente afirmaba que la casualidad, y no la intervención divina, era la causa responsable del carácter de la vida en la Tierra. En el libro que escribió en 1859, El origen de las especies, Darwin afirmó que los rasgos individuales se transmiten de padres a hijos. Sugirió que eran los «factores hereditarios» transferidos de padres a hijos los que controlan la vida de un individuo. Esa idea logró que los científicos se embarcaran en un frenético intento por di seccionar la vida hasta sus principios básicos, ya que pensaban que el mecanismo hereditario que controlaba la vida debía de encontrarse en la estructura de la célula.

La búsqueda llegó a su memorable final hace cincuenta años, cuando James Watson y Francis Crick describieron la estructura y la función de la doble hélice de ADN, el material del que están compuestos los genes. Los científicos habían logrado por fin descubrir la naturaleza de los «factores hereditarios» sobre los que Darwin había escrito en el siglo XIX.

La prensa sensacionalista pregonó a los cuatro vientos el nuevo mundo de la ingeniería genética y su futura promesa de diseñar bebés y de crear píldoras mágicas para el tratamiento de enfermedades. Recuerdo muy bien el enorme titular que acaparaba la portada ese memorable día de 1953: «Se descubre el secreto de la vida».

Al igual que la prensa amarilla, los biólogos se subieron al carro genético. Los mecanismos mediante los que el ADN controla la vida biológica se convirtieron en el dogma central de la biología molecular, y de ese modo se explicaban minuciosamente en los libros de texto.

En la eterna controversia entre herencia y medio, el péndulo se había declinado hacia la herencia. En un principio se pensó que el ADN era el único responsable de nuestras características físicas, pero después comenzamos a creer que los genes también controlaban nuestras emociones y nuestro comportamiento. Así pues, si se ha nacido con un gen de la felicidad defectuoso, se debe esperar una vida infeliz.

Por desgracia, yo mismo creí que era una de esas personas víctimas de un gen de la felicidad mutado o ausente. Me estaba recuperando de un implacable bombardeo de extenuantes puñetazos emocionales. Mi padre acababa de morir después de una larga y penosa batalla contra el cáncer. Yo era su cuidador principal y me había pasado los cuatro meses anteriores volando cada tres o cuatro días desde mi trabajo en Wisconsin hasta su hogar en Nueva York. Después de pasar varias horas junto a su lecho de muerte, trataba de mantener el programa de investigación, dar clases y redactar una importante carta al Instituto Nacional de Salud para la renovación de la subvención.

Además, me encontraba inmerso en mitad de un divorcio que por una parte era emocionalmente agotador y por otra, económicamente hablando, devastador. Mis recursos financieros disminuyeron con rapidez mientras trataba de alimentar y vestir a mi nuevo pupilo, el sistema judicial. Con mi economía por los suelos y sin hogar, me encontré ante un gigantesco complejo de apartamentos «de veraneo» con poco más que una maleta. La mayor parte de mis vecinos esperaba poder «mejorar» su estilo de vida buscando la comodidad de un parque de caravanas. Los vecinos de la puerta de al lado me asustaban especialmente. Forzaron la puerta de mi apartamento y me robaron el nuevo equipo de música en la primera semana de residencia. Una semana más tarde, Bubba, un tipo de un metro ochenta de alto por uno de ancho, llamó a mi puerta. Mientras se hurgaba los dientes con una gigantesca uña y sujetaba un litro de cerveza en la otra mano, Bubba me preguntó si tenía las instrucciones de la pletina.

Toqué fondo el día que arrojé el teléfono a través de la puerta de cristal de mi despacho e hice añicos el cartel de «Doctor Bruce Lipton. Profesor asociado de Anatomía, Facultad de Medicina de la Universidad de Wisconsin» mientras gritaba «jSáquenme de aquí!». Mi arrebato se había debido a la llamada de un banquero, quien, firme y educadamente, me había dicho que no podía aprobar mi crédito hipotecario. Fue como una escena de La fuerza del cariño, ésa en la que Debra Winger responde con todo acierto a las aspiraciones de titularidad de su marido: «No tenemos suficiente dinero para pagar las cuentas ahora. ¡La única titularidad que importa es que no tendremos bastante dinero nunca!».

La magia de las células: Déja vu

Por fortuna, encontré una vía de escape: una estancia sabática en una facultad de medicina del Caribe. Sabía que mis problemas no desaparecerían allí, pero mientras el avión atravesaba las oscuras nubes de Chicago, me dio la impresión de que así sería. Me mordí los carrillos para evitar que la sonrisa que tenía pintada en la cara se convirtiera en una sonora carcajada. Me sentí tan feliz como cuando tenía siete años y descubrí por primera vez la pasión de mi vida, la magia de las células.

Mi humor mejoró aún más en el avión de seis pasajeros que me llevó hasta Montserrat, un diminuto punto de seis por veinte kilómetros en mitad del mar del Caribe. Si alguna vez existió el Jardín del Edén, es probable que se pareciera a mi nuevo hogar, una isla que emergía del resplandeciente mar turquesa como una esmeralda gigante.

Cuando aterrizamos, la balsámica y embriagadora brisa que barría el asfalto del aeropuerto traía consigo el aroma de las gardenias.

La costumbre local era dedicar el periodo de la puesta de sol a una silenciosa contemplación, una costumbre que adopté de inmediato. Cuando los días se oscurecían, alzaba la vista al cielo para contemplar el paradisíaco espectáculo de luces. Mi casa, situada sobre un acantilado de más de quince metros de altura sobre el mar, daba al oeste. Un serpenteante sendero que 15 atravesaba una gruta de helechos cubierta por un dosel de ramas conducía hasta el mar. Al final de la gruta, había una abertura en un muro de arbustos de jazmín que revelaba una playa recluida; allí era donde yo llevaba a cabo el ritual de la puesta de sol y me olvidaba del día con unos cuantos «chapoteos» en el agua cálida y transparente. Después del baño, me fabricaba una cómoda tumbona con la arena de la playa, me sentaba y contemplaba cómo el sol desaparecía lentamente en el mar.

En esa remota isla estaba lejos del despiadado y competitivo ámbito del mundo académico y era libre para contemplar el mundo sin el estorbo de las creencias dogmáticas de la civilización. En un principio, mi mente no dejaba de examinar y criticar la debacle en la que se había convertido mi vida. Sin embargo, no tardó mucho en dejar de comportarse como Siskel y Ebert (dos de los críticos cinematográficos más famosos de Chicago) y de sopesar las ventajas e inconvenientes de mis cuarenta años. Comencé a sentir lo que era vivir por y para el momento: experimentar de nuevo sensaciones que no tenía desde que era un chiquillo y sentir una vez más el placer de estar vivo.

Me volví más humano y más humanitario durante mi estancia en esa isla paradisíaca. También me convertí en un mejor biólogo celular. La mayor parte de mi aprendizaje científico formal había tenido lugar en aulas estériles y sin vida, en salas de conferencias y en laboratorios. Sin embargo, una vez inmerso en el rico ecosistema caribeño comencé a ver la biología como un sistema integrado vivo en lugar de como una colección de individuos de distintas especies que comparten una porción de tierra.

Sentarme tranquilamente en esas junglas ajardinadas de la isla y bucear entre los fastuosos arrecifes de coral me proporcionó una nueva visión de la asombrosa integración de las especies animales y vegetales del lugar. Todas vivían en un equilibrio delicado y dinámico, no sólo con otras formas de vida, sino también con el entorno físico que los rodeaba. Era la armonía de la vida, y no el esfuerzo por sobrevivir, lo que me arrullaba mientras permanecía sentado en ese Jardín del Edén caribeño. Llegué a darme cuenta de que la biología contemporánea presta muy poca atención a lo importante que es la cooperación, ya que sus raíces darwinianas enfatizan la naturaleza competitiva de la vida.

Para disgusto de mis colegas estadounidenses, regresé a Wisconsin decidido a desafiar a voz en grito las creencias sagradas y básicas de la biología. Incluso comencé a criticar abiertamente a Charles Darwin y la sensatez de su teoría evolutiva. En opinión de la mayoría del resto de los biólogos, mi comportamiento fue comparable al de un monje que irrumpe en el Vaticano para afirmar que el Papa es un fraude.

No es de extrañar que mis compañeros creyeran que me había caído un coco en la cabeza cuando renuncié al puesto fijo y, cumpliendo el sueño de mi vida de fundar una banda de rock and roIl, me emolé en una gira musical. Conocí a Yanni, quien al final se convirtió en toda una celebridad, y produje un espectáculo láser con él. No obstante, comprendí muy pronto que tenías muchas más aptitudes para la enseñanza y la investigación que para producir espectáculos de música. Dejé a un lado la crisis de los cuarenta y renuncié al negocio de la 16 música para volver al Caribe a enseñar de nuevo biología celular.

Mi última parada en el mundo académico tradicional fue la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford. En aquella época ya me había convertido en un vehemente partidario de una «nueva biología». Había llegado a cuestionarme no sólo la competitiva versión darwiniana de la evolución, sino también el dogma central de la biología, la premisa de que los genes controlan la vida. Esa premisa científica tiene un error fundamental: los genes no se pueden activar o desactivar a su antojo. En términos más científicos, los genes no son «autoemergentes». Tiene que haber algo en el entorno que desencadene la actividad génica. A pesar de que ese hecho ya había sido postulado por la ciencia más vanguardista, los científicos convencionales, cegados por el dogma genético, se habían limitado a ignorado. Mi abierto desafío al dogma central hizo que me consideraran aún más un hereje de la ciencia. No sólo era aspirante a la excomunión, ¡sino que era candidato a ser quemado en la hoguera!

Durante una conferencia que ofrecí mientras estaba en Stanford, acusé a los facultativos allí reunidos, muchos de ellos genetistas de prestigio internacional, de no ser mejores que los fundamentalistas religiosos por aferrarse al dogma central a pesar de las evidencias que demostraban que era erróneo. Tras mis sacrílegos comentarios, la sala de conferencias se convirtió en un hervidero de gritos de indignación que creí daría al traste con mi posibilidad de conseguir empleo. Sin embargo, mis ideas sobre la mecánica de la nueva biología demostraron ser lo bastante provocativas como para que me contrataran. Con el apoyo de ciertas eminencias científicas de Stanford, sobre todo con el del jefe del departamento de Patología, el doctor Klaus Bensch, me alentaron a profundizar en mis ideas y a aplicadas a las investigaciones sobre células humanas donadas. Para sorpresa de todos los que me rodeaban, los experimentos apoyaron por completo la visión alternativa de la biología que yo postulaba. Publiqué dos artículos basados en esa investigación y abandoné el mundo académico, en esta ocasión para siempre (Lipton, et al., 1991-1992).

Me marché porque, a pesar del apoyo que tenía en Stanford, sentía que mi mensaje estaba cayendo en saco roto.

Desde mi marcha, nuevas investigaciones han refrendado mi escepticismo sobre el dogma central y la supremacía del ADN en el control de la vida. De hecho, la Epigenética, el estudio de los mecanismos moleculares mediante los cuales el entorno controla la actividad génica, es hoy en día una de las áreas más activas de investigación científica. La reciente importancia que se le otorga al entorno como regulador de la actividad génica era el núcleo de la investigación celular que yo llevaba a cabo veinticinco años atrás, mucho antes de que el campo de la Epigenética existiera siquiera (Lipton 1977a, 1977b). A pesar de que me resulta una actividad gratificante desde el punto de vista intelectual, sé que si estuviera enseñando e investigando en una facultad de medicina, mis colegas seguirían preguntándose sobre esos cocos, ya que en la última década me he vuelto aún más radical según los cánones académicos. Mi preocupación por la nueva biología se ha convertido en algo más que un 17 ejercicio intelectual. Creo que las células nos muestran no sólo los mecanismos de la vida, sino también una forma de llevar una vida rica y plena.

Dentro de la torre de marfil de la ciencia, ese tipo de pensamiento me granjearía sin duda el estrafalario premio Doctor Dolittle al antropomorfismo o, para ser más exactos, al «citomorfismo: pensando como una célula», aunque para mí se trata de biología básica. Tal vez te consideres un ente individual, pero como biólogo celular puedo asegurarte que en realidad eres una comunidad cooperativa de unos cincuenta billones de ciudadanos celulares. La práctica totalidad de las células que constituyen tu cuerpo se parecen a las amebas, unos organismos individuales que han desarrollado una estrategia cooperativa para la supervivencia mutua. En términos básicos, los seres humanos no somos más que la consecuencia de una «conciencia colectiva amebiana». Al igual que una nación refleja los rasgos distintivos de sus ciudadanos, la humanidad debe reflejar la naturaleza básica de nuestras comunidades celulares.

Viviendo las lecciones celulares

Utilizando estas comunidades celulares como modelos, llegué a la conclusión de que no somos las víctimas de nuestros genes, sino los dueños y señores de nuestros destinos, capaces de forjar una vida llena de paz, felicidad y amor. Probé mi hipótesis con mi propia vida a instancias de mis oyentes, quienes me preguntaban por qué mis ideas no me habían hecho más feliz. Y tenían razón: necesitaba integrar mi nueva percepción biológica en mi vida diaria. Supe que lo había logrado cuando, durante una resplandeciente mañana de domingo en el Big Easy, una camarera de la cafetería me dijo: «Cielo, eres la persona más feliz que he visto en mi vida. Dime, muchacho, ¿por qué eres tan feliz?». Me quedé desconcertado ante su pregunta, pero de todas formas barboté: «¡Estoy en el paraíso!». La camarera meneó la cabeza de lado a lado sin dejar de mascullar y después procedió a tomar nota de lo que quería para desayunar. Pues bien, era cierto. Era feliz, más feliz de lo que había sido en toda mi vida.

Quizá alguno de los lectores más críticos se muestre escéptico ante mi afirmación de que la Tierra es el paraíso, ya que la definición de paraíso también incluye la morada de la deidad y la de los bienaventurados difuntos. ¿De verdad creía que Nueva Orleans, o cualquier otra ciudad grande, era una parte del paraíso? Mujeres y niños harapientos sin hogar viviendo en callejones; un aire tan cargado que uno no sabe si las estrellas existen de verdad; ríos y lagos tan contaminados que sólo inimaginables y «espeluznantes» formas de vida pueden habitados. ¿La Tierra es el paraíso? ¿Acaso Dios vive allí? ¿Conoce él a esa deidad?

Las respuestas a esas preguntas son: sí, sí y creo que sí. Bueno, para ser totalmente sincero, debo admitir que no conozco a Dios por entero, ya que no os conozco a todos vosotros. Por el amor de Dios, ¡hay unos seis mil millones de personas en el mundo! Y si he de ser aún más sincero, 18 tampoco conozco el nombre de todos los miembros de los reinos, tanto animal como vegetal, aunque creo que también forman parte de Dios.

Parafraseando las imperecederas palabras de Tim Allen en su teleserie Un chapuzas en casa: «¡Paaaara el carro! ¿Acaso está diciendo que los humanos son Dios?». Bueno … pues sí. Y claro está que no soy el primero que lo dice. El Génesis dice que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Sí, el racionalista que os habla está citando ahora a Jesús, a Buda y a Rumi. He vuelto al punto de partida y he pasado de ser un científico reduccionista enfrentado a la vista a ser un científico espiritual. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios y es necesario que volvamos a introducir el espíritu en la ecuación si queremos mejorar nuestra salud mental y física. Puesto que no somos maquinas bioquímicas indefensas, el hecho de zamparnos una pastilla cada vez que nos encontramos mal física o mentalmente no es siempre la respuesta. Los fármacos y la cirugía son herramientas poderosas cuando no se utilizan en exceso, pero la idea de que los medicamentos pueden curarlo todo es, en esencia, errónea. Cada vez que se introduce un fármaco en el organismo para corregir una función A, se alteran inevitablemente las funciones B, C o D.

No son las hormonas ni los neurotransmisores producidos por los genes los que controlan nuestro cuerpo y nuestra mente; son nuestras creencias las que controlan nuestro cuerpo, nuestra mente y, por tanto, nuestra vida… ¡OH, vosotros, hombres de poca fe!

La luz que se aprecia cuando piensas por ti mismo,……

En este libro trazaré la proverbial línea en la arena. A un lado de la línea está un mundo definido por el neodarwinismo, que considera la vida como una guerra interminable entre robots bioquímicos de batalla. Al otro lado de la línea se encuentra la «nueva biología», que propone la vida como un viaje de cooperación entre individuos poderosos que pueden reprogramarse a sí mismos para experimentar una vida llena de alegría. Si atravesamos esa línea y llegamos a entender de verdad la nueva biología, ya no será necesario discutir sobre el papel del medio y de la herencia por separado, porque nos daremos cuenta de que la mente consciente domina ambas cosas. y creo que, cuando cruce esa línea, la humanidad experimentará un cambio tan profundo y paradigmático como cuando la realidad de que la Tierra era redonda irrumpió en una civilización plana.

Los estudiantes de Humanidades, a quienes tal vez les preocupe que este libro ofrezca una incomprensible lección científica, no tienen nada que temer. Cuando era profesor, me exasperaba el irritante traje de tres piezas y también la asfixiante corbata, los zapatos de punta estrecha y las interminables reuniones, pero me encantaba enseñar. Y en mi vida postacadémica también he practicado mucho la enseñanza; he mostrado los principios de la nueva biología a millares de personas a lo largo y ancho del mundo. Gracias a esas conferencias, he perfeccionado mi presentación de la ciencia para poder explicarla con palabras comprensibles para todo el mundo, ilustradas con gráficos llenos de colores, muchos de los cuales he 19 incluido en este libro.

En el capítulo 1, explico lo que son las células «inteligentes» y cómo y por qué pueden enseñamos tantas cosas sobre nuestro cuerpo y nuestra mente.

En el capítulo 2, expongo las evidencias científicas que demuestran que los genes no controlan la biología. También te presento los emocionantes descubrimientos de la Epigenética, un nuevo campo biológico que está desentrañando los misterios de cómo el entorno (la naturaleza) influye en el comportamiento de las células sin alterar el código genético. Es un campo que está revelando nuevos problemas en la naturaleza de las enfermedades como el cáncer y la esquizofrenia.

El capítulo 3 trata sobre la membrana celular, la «piel» de las células. Sin duda habrás escuchado mucho más sobre el ADN del núcleo celular que sobre su membrana. Pero la ciencia vanguardista proporciona cada vez más detalles acerca de la conclusión a la que llegué hace veinte años, que la membrana es el verdadero cerebro de las funciones celulares.

En el capítulo 4 se habla sobre los abrumadores descubrimientos de la física cuántica. Estos descubrimientos tienen importantísimas implicaciones en la comprensión y el tratamiento de las enfermedades. No obstante, la medicina tradicional aún no ha incorporado la física cuántica a sus investigaciones ni en la enseñanza facultativa, lo que ha deparado unos resultados trágicos.

En el capítulo 5 explico por qué he llamado a este libro La biología de la creencia. Los pensamientos positivos tienen un intenso efecto sobre el comportamiento y los genes, pero sólo cuando estamos en armonía con la programación subconsciente. De igual modo, los pensamientos negativos tienen también un poderoso efecto. Cuando comprendamos que estas creencias positivas y negativas controlan nuestra biología, podremos utilizar ese conocimiento para forjamos una vida saludable y feliz.

En el capítulo 6 explico por qué las células y las personas necesitamos crecer y cómo los miedos impiden ese crecimiento.

El capítulo 7 se centra en la educación consciente por parte de los padres. Como padres, tenemos que comprender el papel que desempeñamos a la hora de «programar» las creencias de nuestros hijos y el impacto que esas creencias tendrán en sus vidas. Este capítulo es muy importante tanto si eres padre como si no, ya que como «antiguo hijo», conocer la existencia de dicha programación y sus consecuencias sobre nuestra vida resulta bastante revelador.

En el epílogo, explico cómo mi visión de la nueva biología me llevó a comprender la importancia que tiene integrar los reinos de la ciencia y el espíritu, lo que supuso un cambio radical, dado mi pasado como científico agnóstico.

¿Estás preparado para utilizar tu mente consciente para crear una vida colmada de salud, felicidad y amor sin la ayuda de la ingeniería genética y sin convertirte en un adicto a los medicamentos? ¿Estás dispuesto a escuchar una opinión distinta a la del modelo médico que considera el cuerpo como una máquina bioquímica? No es necesario que compres nada ni que 20 tomes parte por un partido político. Sólo tienes que dejar a un lado por un momento las creencias arcaicas que te inculcaron las instituciones científicas y los medios de comunicación para considerar la emocionante visión que ofrece la ciencia vanguardista.

Autor: Bruce H. Lipton

Del libro:La Biologia de la creencia



  1. Esta tranquilo! Por que no dejar un comentario?



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