La idea que la mayoría de las personas tiene es que estar enfermo significa estar tumbado en una cama, como si la enfermedad fuera tener una gripe, una infección o cáncer y la confusión, el miedo, la angustia, la ansiedad, el estrés no fueran enfermedades. Cuánto se escucha decir que tal o cual persona tiene una salud de hierro a pesar de comer sin ningún criterio, beber alcohol o como se dice comúnmente “darse todos los gustos”. Si bien es cierto que existen diferentes condiciones y que hay quienes son más resistentes que otros, también es cierto que puede uno nunca tener el mínimo resfrío, nunca una tos, nunca un dolor de estómago y sin embargo estar enfermo por ser rígido o demasiado blando, inflexible o demasiado indolente, ansioso, miedoso, incapaz de verse tal cual es, de enfrentar los problemas afectivos, de resolver sus problemas laborales, incapaz de convivir armoniosamente con alguien, de tener en cuenta al que está cerca e innumerables conflictos más.

La creencia más popularizada, sobretodo en los últimos tiempos, es que frente a la confusión y a los conflictos psicológicos la solución es la terapia o encontrar alguna posibilidad espiritual para ir menguando las dificultades. Puede que, tal vez, existan algunas terapias que den pautas para encontrar la forma de solucionar los conflictos, lo mismo libros o ciertas prácticas espirituales, pero lo que sí es importante es poder abordarse desde una perspectiva global, holística, entendiendo que nuestros estados de ánimo están relacionados con nuestra manera de vivir, de pensar, de sentir, de alimentarnos, de desarrollar actividades físicas y expresivas y con cada una de las actividades que desarrollamos en nuestra vida cotidiana. Lo qué comemos influye directamente en nuestra manera de pensar, de sentir, de ver la realidad y de actuar en la vida. Es una lástima que los terapeutas de la salud en su mayoría no tengan en cuenta la manera de comer de sus pacientes y no puedan ver la relación estrecha que hay entre los sentimientos, pensamientos y la comida.

La Mala Sangre

El buen o mal funcionamiento del hígado está íntimamente ligado a nuestros estados emocionales, los antiguos chinos lo llamaban el alma del cuerpo porque parece ser el primero en afectarse a partir de las tensiones, los miedos, la inseguridad. Queremos decir con esto que si bien el alimento cotidiano influye en el funcionamiento de este órgano, incluso alimentándonos equilibradamente, éste y cualquier otro órgano puede afectarse si por ej. nos hicimos “mala sangre”. La “mala sangre” no es ni más ni menos que una sangre acidificada, que llegó a este estado producto de las preocupaciones, el nerviosismo, la ansiedad, la adrenalina que generamos con el ritmo de vida que se lleva hoy en día, principalmente en las ciudades.

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